El operador adultero un cuento breve de Milton Algarete
Corría el año 1953 y dentro del marco de las "puterias" sociales que se desarrollaban en toda la patagonia petrolera por la falta de mujeres y de prostitutas, yo era casi un adolescente o niño precoz en Caleta Olivia, un pueblo insignificante, a unas dos horas de Comodoro Rivadavia, en el Chubut. La YPF (Yacimientos Petrolíferos Fiscales) tenía en este pueblo grandes tanques de petróleo almacenado, del que se extraía desde los distintos pozos activos en el área a través de un oleoducto. Los tanques estaban en lo mas alto de las lomas costeras y desde allí se bombeaban hacia las cisternas de los barcos de la flota petrolera que anclaban en la caleta, aprovechando el declive y se hacia a través de unas descomunales mangueras. Detrás de los tanques, la compañía construyó pabellones donde vivían los hombres solteros, tipo "peones golondrinas", que bajaban desde las provincias norteñas para trabajar temporeramente o quedarse, si aguantaban el clima y la soledad. Luego, la YPF compró en Canadá unas casas prefabricadas para ubicar en ellas a los casados y en una de esas casas vivíamos temporeramente nosotros tres, mi mamá, mi padrastro y yo, que a comparación de donde habíamos vivido en otros campamentos mas al sur desde que tuve uso de razón, era "toda una mansión", teníamos de todo, hasta bañadera y bidet, y todo con calefón y cocina a gas. En esos tiempos no pasarían de trescientas unidades y la mayoría estaban llenas de niños de todas la edades, mientras yo era hijo único, y por eso gozaba como pocos el privilegio de tener mi propia habitación. Las mujeres, esposas y madres reglamentarias, según los papeles que requería la compañía antes de asignarles una vivienda, ejercían por supuesto como "amas de casa" y tenían la papeleta de un casamiento civil en sus provincias generalmente de Catamarca, Santiago del Estero, Tucumán y Corrientes, las mas necesitadas de fuentes de trabajo permanentes para los esforzados maridos.
El mayor entretenimiento entre los hombres casados y solteros era el fútbol dominguero y el adulterio indiscriminado. Casados y solteros estaban al asecho de mujeres ajenas, casadas o solteras y no eran muy exigentes. Esta práctica era fomentada por el mismo sistema de tres turnos diarios para trabajar de ocho horas corridas, generalmente a mas de 50 kilómetros o mas del campamento, usándose únicamente los transportes de la compañía que pasaban por las garitas distribuidas entre los pabellones de solteros y las casas de familia, ómnibus o camionetas entre turno y turno, ya que ningún obrero tenía vehículo propio. O sea que con seguridad los maridos iban a estar ausentes ocho horas diarias durante alguna parte del día o de la noche, cosa que era muy fácil de saberse con anticipación, ya que prácticamente todos eran conocidos y "compañeros de trabajo" en distintos turnos. Las mujeres, como madres de los alumnos de la única escuela primaria, alternaban con las maestras solteras traídas también del norte, y todas eran asistentes a los bailes "familiares" de los sábados y a los juegos de fútbol amistosos de los domingos, que eran los campos de "caza sexual" para ambos sexos . Los miércoles había un ómnibus que recogía a los que quisieran asistir al improvisado cine nocturno que se daba en el comedor obrero en Cañadón Seco, el centro administrativo y técnico regional de la compañía y para lo cual había que viajar una hora de ida y otra de vuelta desde Caleta Olivia. Para mí, con diez años era el mayor atractivo de la semana ir con mi mamá o con los vecinos al cine, ya que lo mejor pasaba en el viaje con los amiguitos y las amiguitas de la escuela, dentro del mismo ómnibus y a obscuras, en la parte de atrás;… para no ser menos que nuestros padres, los "nenes precoces" asediábamos a las nenas dispuestas a "jugar" a ser mujeres de verdad. En ese ambiente de excitación precoz me viene a la memoria el cuento de aquel "entrerriano" que hacía de operador del improvisado cine semanal. Era un hombre solterón y medio borrachín que trabajaba de día en el mantenimiento mecánico de camiones y le pagaban horas extras para manejar el proyector de películas sonoras, en blanco y negro, que se proyectaban cada miércoles. Elviro Pintos, como se llamaba el individuo, veía con antelación cada película que llegaba los lunes a sus manos. Lo hacia para revisar que no tuviera muchos cortes previos y también para quitarle algunas escenas fuertes, debido a que asistían familias con niños de todas la edades y que supuestamente debían ser "criaturas inocentes"..., al menos eso no era verdad y claro ¡con los padres que teníamos!… Se veían las películas de Luís Sandrini, Hugo del Carril, Tita Merello, los Locos del buen Humor, Carlitos Gardel y Libertad Lamarque entre otros, sin faltar las de Cantinflas y las de Chaplin. Lo tragicómico de este cuento es que el "operador contratado" el tal Elvira, trataba a cada película según sus dudosos criterios inquisidores de solterón alcohólico que había desarrollado en el fin de semana anterior, según el vino consumido. Con la tijera y la pega profesional, Elviro le cambiaba caprichosamente el guión a las películas y hasta los finales a cada una. Si le caía mal que algún protagonista muriera al final, cortaba ese pedazo y listo. Si la actriz prefería quedarse con el actor que no era del agrado de Elviro cortaba también todo ese pedazo. Si alguien se moría al final de una película y había sido del agrado del operador, sencillamente hacia desaparecer ese trozo de celuloide. En fin, lo que usted quiera imaginarse posible con una tijera "inquisidora" en la mano, este hombre lo hacía cada lunes por la noche amaneciéndose como un "cirujano justiciero" del arte cinematográfico. ¿Y quien? estaba en condiciones de adivinar lo que Elviro hacía y podía reclamar. ¿Quien de los que asistíamos, todos medios analfabetos a ese cine improvisado... podía reclamar públicamente la castración intelectual del film?... que tal o cual película terminaba increíblemente de pronto, dejando en ascuas a medio mundo, o cambiando o eliminando escenas, todo era tan confuso, inconcluso o caprichosamente contrario a lo que el público esperaba ver, que las discusiones duraban toda la semana en cada casa o familia asistente. Creo que pasaron dos años hasta que de tanto quejarse los cineastas, al fin se investigaran los caprichosos cortes que Elviro practicó en aquellas copias de películas, que YPF alquilaba y que, vaya uno a saber que se repetía en otras localidades patagónicas, total no se cobrara entrada. Imagínese usted a "Trazan" colgado de una cuerda y con la mona "Chita" en el brazo…, cuando Elviro le mete tijera y corta la escena donde debía caer sentado Trazan sobre el lomo del elefante, porque según el creía, "era muy peligroso para las entrepiernas del legendario hombre mono"…, o que Libertad Lamarque estuviera cantando "Vieja Pared" y Elviro cortara de pronto dejando en negro la pantalla y que todo el mundo pensara que "la pared del legendario tango se le había venido encima a la "novia de América", y peor aun que Carlitos Gardel cantara en la pantalla con tanto sentimiento el tango "Volver" y Elviro, en un arranque emocional de borrachito compungido, empatara la escena con el otro Carlitos, el Chaplin de las monerías, caminando como caminaba, haciéndolos reír a pata suelta a los que se suponía debían llorar en el lamento del "zorzal criollo" desterrado… No se que habrá sido del tal Elviro, porque después que me fui del campamento de Caleta Olivia empezaron a llegar las películas americanas en colores y no quiero imaginármelo cortando la escena donde en la película "Por quien doblan las campanas", dinamitaban un puente que salva a todos los prisioneros ingleses que perseguían los alemanes…, quizás Elviro habría suprimido la explosión para no provocar ruido y pánico entre los circunstanciales espectadores…